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¿SOMOS LOS MAESTROS DE CIENCIAS COMPETENTES PARA POTENCIAR COMPETENCIAS CIENTÍFICAS?

Jairo Arciniegas Villarreal

 

“Para explicar no se requiere tanto de técnicas, uso de tablero y/o proyección audiovisual, como si de emplear el pensamiento, con la intención además, de provocar que el otro piense por cuenta propia y riesgo”

Ramiro del Cristo Medina Pérez

 

 

Las exigencias del mundo actual nos obligan a formar un hombre crítico, creativo, con espíritu científico y humano que estudie y comprenda los fenómenos naturales como hechos causales y regidos por principios químicos y físicos que en nada obedecen a fuerzas sobrenaturales (divinas).  Para lograr esto, es esencial que los docentes de ciencias de hoy, tengamos en nuestra formación un conocimiento claro y actualizado de lo que hemos de enseñar, que comprendamos con fundamentos científicos lo que sucede a nuestro alrededor, como también, que adquiramos conocimientos sobre la pedagogía y la didáctica, producto de la investigación e innovación en el campo del aprendizaje de las ciencias, igualmente, que manejemos los conocimientos de punta en la especialidad.

 

Al modo de ver de Rafael Flórez Ochoa, los maestros de ciencias, salvo honrosas excepciones, no se han apropiado de las formas del pensamiento científico y ni siquiera dominan la ciencia que enseñan; y resulta que el contenido más importante de la ciencia son sus interrogantes, sus problemas y sus hipótesis de solución, sin su dominio no hay enseñanza, por más que se conozcan los modelos pedagógicos o la psicología individual; y, según José Ocampo, “La enseñanza de las ciencias tiene que ser, para los niños, un extraordinario camino de descubrimiento del universo, de la tierra, de la naturaleza y de las leyes científicas, dirigido hacia una asimilación espontánea de los más intrincados conocimientos sobre la realidad”. Desde esta perspectiva, ¿qué ruta pueden los estudiantes seguir si sus maestros de ciencias aún no se han apropiado de su mapa de navegación? Para recrear la posible respuesta, citemos a Bronowsky: “El mundo de hoy está potenciado por la ciencia, renunciar a una educación científica equivale a caminar con los ojos abiertos hacia la esclavitud”.

 

Para Juan Lafarga, “…pensamos que guiando, dictando, vigilando y sancionando actitudes que inducen al alumno al engaño y a la deslealtad, formaremos profesionales deseosos de adquirir nuevos conocimientos, honrados, rectos y más interesados en el éxito real de su trabajo que en las apariencias”. No podemos seguir pensando que la enseñanza de las ciencias se reduce a la simple transmisión (escueta, mecánica, memorística y sin convicción) de definiciones, leyes, clasificaciones, ecuaciones y recetas de laboratorio o la descripción de fenómenos alejados de la vida diaria, que no despiertan interés en los estudiantes. A propósito, André Vernot afirma: “la escuela colombiana se alimenta más de archivos y teorías desuetas, de versiones y láminas que imitan la vida, que de la propia vida”.

 

La tarea del maestro de ciencias no es DICTAR CLASES, ni transmitir fórmulas, teorías o conceptos.  A la manera del entrenador de deportes, que nunca le da al deportista la fórmula del encuentro deportivo, sino que éste tiene que descifrarla a medida que se desarrolla el evento, así mismo, el maestro de ciencias es quien crea el evento de clase que permita al alumno interiorizar los fundamentos para enfrentar situaciones y resolverlas; y, para esto, el maestro de ciencias tiene que dominar la estructura conceptual y los procesos de construcción e investigación que caracterizan la ciencia que enseña, como también, debe ser capaz de dar explicaciones fundadas, con base en su propio raciocinio aplicado a los hechos objeto de las ciencias.

 

Si dejamos de enseñar las ciencias como un ejercicio mecánico, y hacemos una correlación de los temas tratados en clases con algunos fenómenos naturales, lograríamos que el estudiante aprenda a pensar hasta dar respuesta a sus inquietudes sobre su entorno y que construya una concepción del mundo, lo más cercana a la concepción de los científicos. “Una educación desde las ciencias, proyectada hacia la formación del espíritu científico, deberá lograr individuos curiosos, capaces de hacerse preguntas y con la necesidad de buscar respuestas y no conformes con lo no comprendido, esto es, con una actitud de confianza en su capacidad de explicarse el mundo”.

 

Así las cosas, un maestro de ciencias que conciba la existencia de un ente sobrenatural, divino, que rige los destinos del mundo, no ha interiorizado las teorías y conceptos que transmite a sus alumnos. Si el maestro de ciencias cree en un ser superior y pretende ser un convencido de lo que dice, su intelecto debe entrar en conflicto, debe sufrir un corto circuito neuronal sólo eliminable cuando se incline hacia una u otra cosmovisión, pero no puede asumir una posición sincrética.

 

Hasta aquí, surgen las siguientes preguntas:

 

·        ¿Para qué le sirve al maestro de ciencias la información que transmite a sus estudiantes?

·        ¿Qué ha hecho con ella?

·        ¿Cómo es influenciado por la misma?

·        ¿Cuándo asume una posición crítica frente a ésta y emite su propio juicio a favor o en contra?

·        ¿La justificación que el maestro de ciencias le da a algunos hechos y fenómenos, está acorde con lo que transmite en clases o respaldada por causas sobrenaturales y divinas?

 

Las respuestas a las preguntas anteriores nos dicen que un maestro de ciencias que no se haya empoderado del universo científico y mucho menos haya puesto en jaque sus estructuras metacognitivas (para contrastar sus presaberes teológicos con lo aprehendido en su formación académica), no puede ser competente para potenciar competencias científicas. Si el maestro de ciencias no es consciente de lo que sabe, como tampoco ha hecho un cuestionamiento socrático de lo que sabe y mucho menos de lo que hace con lo que sabe, ¿cómo pretende lograr que otro sepa lo que él sabe, y peor aún, que otro haga (en un contexto diferente) con lo que él sabe?

 

De acuerdo con Juan Lafarga, curiosamente, en teoría, al maestro de ciencias le interesa que sus alumnos utilicen al máximo sus recursos, que desarrollen hábitos mentales de crítica e investigación, que sean creativos, que tomen iniciativas propias, que investiguen, que adquieran y construyan conocimientos, que se apropien del mismo, que desarrollen habilidades y destrezas, que asuman y consoliden actitudes y valores; sin embargo, en la práctica, el maestro de ciencias se conforma con transmitirles información desnuda, generalmente árida y obsoleta: 

 

  • Se transmiten los contenidos, pero no se está de acuerdo con ellos, no se asume una posición crítica frente a ellos, si hay error es la concepción del autor; tampoco se invita a la reflexión ni a la controversia. Luego se mide la habilidad para pasar exámenes, más no se valora qué conocimientos se han asimilado y hasta qué punto se han aprehendido.

 

Así, la clase de ciencias se concibe como un relato muerto, la enunciación de una teoría no vivible por el maestro, que no propicia la libertad de pensamiento ni genera la cultura del debate como espacio para estimular la capacidad de disentir y controvertir puntos de vista desde la racionalidad.

 

Para pretender el estatus de maestros de ciencias, competentes para potenciar competencias científicas, se deben transformar las cómodas rutinas de trabajo y construir una disciplina de desempeño seria, donde el maestro de ciencias sea, entre otras virtudes, un “segundero”, es decir, sea el cómplice que le hace el “dos” al alumno para que se encuentre con el conocimiento y se dé inicio a una sinergia que, si se desarrolla con madurez, daría como descendencia la realización holística del hombre. Al respecto, Ramiro Medina opina: “...este diferente direccionamiento de la clase, concomitantemente lleva a que el maestro desaprenda para resignificar lo que cree saber: desmontar nociones y conceptos; interrogar categorías; desmontar las piezas de los discursos que se suelen ‘transmitir’ con frialdad de dogma, desde una subjetividad al parecer inalterable, emocionalmente neutra”; y Samael Aun Weor sostiene: “Los Educadores deben reeducarse, revisar todos sus conocimientos, comprender que estamos entrando en una nueva era. Transformándose los educadores, se transforma la educación pública”.






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Jairo Arciniegas V
Lic. Química y Biología
UniCórdoba
Montería - Colombia
Docente
Institución Educativa
"Luís Patrón Rosano"
Tolú - Colombia
Desde la preconcepción hasta la postmuerte somos resultado de procesos químicos.
 

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